CUENTOS O COMENTARIOS PARA EL CONCURSO DE CANARIAS (OPTATIVO)

Hace muy poco hablábamos de “sueños realizados” a partir del premio que ganó Sanny, ahora os dejo aquí una caja por abrir con un “sueño por realizar”. La caja tiene el nombre de otro concurso, el que se celebra cada año, en Tenerife, y que reúne a los alumnos ganadores de los premios de animación a la lectura y ala escritura. Os dejo en el siguiente link las bases del concurso. La fecha de entrega es el próximo lunes, sé que vamos a carrera con el tiempo, pero me han pedido que entregue la próxima semana los que hayan participado para que el jurado pueda comunicarme, cuanto antes, el posible ganador. Os animo a que abráis la caja, ya que lo bueno del presente, como es dije hace unos días, es que es eso un presente, un regalo, y los regalos se han de abrir. Este año, además, entregará los premios el premio Nobel de literatura José Saramago. Dejad en aquí abajo, en “comentarios” vuestros cuentos o vuestros comentarios sobre lecturas que os han gustado. (Entre dos y cinco páginas).

PROGRAMA IV ENCUENTRO

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3 Respuestas a “CUENTOS O COMENTARIOS PARA EL CONCURSO DE CANARIAS (OPTATIVO)

  1. Alax Alai Albala

    Rebelde. Esa era la palabra para describir a Zoke, o más bien dicho su actitud. Zoke era un chico de unos quince años, que no estudiaba, no leía, en definitiva, no hacía NADA. Iba todo el día con sus amigos, que eran los que le llamaban Zoke, un mote de su nombre original, Marc. Zoke creía que esa era la actitud que se tenía que tenerse delante de la vida, ya que consideraba, aún con su poca edad, que la vida era una mierda, que se reía de él siempre que podía.
    Sus padres estaban desesperados: le cambiaban de colegio, pero seguía sin estudiar; le castigaban, pero huía del castigo y se marchaba de casa; le llevaban a especialistas i a psicólogos, pero no les hacia ni caso. Algunos dirían que no tenía remedio, dirían que era un caso perdido. Pero NADIE es un caso perdido.
    Un día, en su cuarto colegio en el que acudía, estando en una sala para niños problemáticos, un profesor joven entró. Era alto, con el pelo castaño bastante corto, y con unos penetrantes ojos azules que resaltaban en su delgada cara. No parecía un profesor, pero Zoke le había visto impartiendo alguna clase.
    Nada más entrar, el joven profesor clavó esos ojos azules en el chico. Zoke, desafiante, le aguantó la mirada con la barbilla bien alta.
    El profesor se mantuvo erguido al lado de la puerta, quieto, inmóvil. Zoke dejó de mirarlo, cansado, y paró de prestarle atención, ignorándolo. Pero el profesor se quedo ahí, mirándolo fijamente, con sus profundos ojos azules. Parecían hasta desprender cierta energía. Zoke empezó a sentirse incómodo. Al final se giró y le espetó:
    – ¿¡Pasa algo?!
    – ¿Tiene que pasar algo? – respondió el profesor, con una sonrisa burlona dibujada en sus labios.
    El profesor se sentó en una silla al lado de Zoke, mientras éste le miraba con un resquicio de odio en la mirada.
    Al cabo de un rato de un silencio incómodo para Zoke, el profesor le dijo:
    – ¿Por qué estás aquí?
    – Porque la vida es un asco, igual que este país, este colegio… Y que usted.
    – La vida es la cosa más maravillosa que vas a encontrar nunca, Zoke, no la desperdicies. Sólo tienes una.
    – ¡Déjeme en paz, chiflado!
    El profesor se levantó y le miró con furia.
    – Vigila tu tono de voz chaval. Estoy aquí para ayudarte, así que trátame con más respeto.
    – No necesito ayuda.
    – Ya lo creo que sí.
    Y dicho eso, se marchó, dejando a Zoke solo en la habitación.
    Los días siguientes Zoke se quedó desconcertado, y no entendía porque se comía tanto el coco con las palabras de ese extraño profesor.
    No lo volvió a ver en un par de semanas. Pero el día que le vio, si que le pilló desprevenido.
    – A partir de ahora voy a convertirme en tu tutor personal. Y empezamos ya. – le dijo el profesor a Zoke el día que volvió a verlo, después de irrumpir en el aula donde permanecía solo.
    – Sólo te voy a pedir una tarea – continuó el profesor – Lee. Lee los grandes autores románticos, lee libros de aventuras, lee los grandes clásicos de la literatura, lee lo que quieras pero lee.
    – ¿Sólo voy a tener que LEER?
    El profesor asintió y sacó un gran libro, con las tapas de cuero muy antiguo. Se lo entregó a Zoke.
    – Leer este libro va a ser una de tus primeras tareas. Es un libro muy valioso que había pertenecido a mi padre. No lo pierdas ni lo estropees, por tu bien. – dijo muy serio el profesor.
    – ¿Qué libro es? – preguntó Zoke, que empezaba a estar interesado en esa nueva tarea relativamente fácil, y a quien el nuevo profesor empezaba a caerle bien.
    – Es un Tolkien, El señor de los anillos. Para empezar no te irá mal.
    – ¿No es muy largo, “profesor”? – dijo Zoke, alargando la última palabra con un deje de ironía en la voz.
    – Lee.
    – ¿Para qué?
    – Para que puedas comprender.
    – Y para qué quiero comprender si se puede saber “profe” – volvió a alargar la última palabra con ironía.
    – Para que puedas cambiar.
    Y eso hizo. A partir de ese momento, Zoke, supervisado por su nuevo profesor, leía en las clases. Al principio, se aburría, leía sin interés. Pero se dio cuenta de que si leía sin interés, no leía, porqué no entendía nada. Y empezó a leer de verdad. Primero con calma, iba leyendo su primer libro. Entonces empezaron a cautivarle las historias, a atraparle y a ahogarle en sus mundos.
    Rápidamente se dejó llevar por los libros. Cada vez leía más rápida y fluidamente, y cada vez leía con más ambición. Se zambullía en las historias como un pez en el mar y bebía de ellas como el más sediento de los hombres.
    Su profesor le iba dando libros, ya no en clase sino también para llevarse a su casa. Al principio sólo eran libros de aventuras, pero sólo al principio. Después llegaron todo tipo de libros.
    Zoke viajó por la extensa Tierra Media, se adentró en los mundos de Narnia, caminó entre las exóticas páginas de autores contemporáneos. Pero no solamente eso: también voló junto a los grandes autores románticos, se adentró en el paraíso de los clásicos, entró en el cielo y salió del infierno de Dante… Y entonces comprendió. Comprendió que la literatura no era una distracción aburrida y tonta que no servía de nada, sino que era uno de los pilares de la enseñanza, la base de la cual era la lectura. Descubrió que la literatura también era una gran ventana abierta, que escondía un mundo nuevo, exótico y maravilloso.
    Y Zoke cambió. Vio la vida como nunca la había visto antes, sino más bien como la había descrito su profesor. Vio la vida como un regalo para todos, un regalo que disfrutar, cuya finalidad sólo era una: VIVIR.
    Zoke levantó los ojos de las páginas del libro que leía. Su profesor tenía clavados esos mágicos ojos azules en él. El chico cerró el libro e inspiró muy hondo.
    – Has comprendido.
    – He cambiado.
    Àlax Alai Albalà

  2. UN LAGO SIN FONDO

    Llena de polvo y suciedad estaba yo, estirada, mientras esperaba que alguien me quisiera agarrar en medio de la oscuridad de ese viejo cajón, de un viejo mueble de la casa de un viejo y amargado hombre, al que sólo le gustaban las máquinas las electrónicas, como a todo el nuevo mundo.

    Llena de polvo y suciedad seguía yo cuando llegó el día de la gran cena que siempre hacía ese hombre, a donde creo yo, que venía toda su familia. Era un día diferente a los demás, porque además de tan solo usar las maquinitas, uno de sus nietos, al que le llamaban ‘tonto’ porque no le gustaban las maquinitas, sino la lectura, trataba de pasar el rato buscando libros y no podía evitar meterse dentro de ellos como si él mismo estuviera en la historia. El niño vivía en un mundo de fantasía, por eso la familia lo trataba como a un extraño. El niño siempre se cogía a mis hermanas, amigas, amigos, familia, pero nunca me cogía a mí…

    Llena de polvo y suciedad seguía yo, unos años más vieja, pero sucia, gastada, y llena de polvo, el día en que el niño (Rober), me eligió a mí, me sacó de ese viejo cajón de ese viejo mueble, me hizo una pequeña caricia, y me apoyó en sus piernas. A partir de ese día cambió mi vida por completo. Rober venía cada día a verme, cada día me daba una pequeña caricia y me apoyaba en sus piernas, y no dejaba de pasar páginas y páginas.

    Un día me dí cuenta de una cosa, me dí cuenta que el niño crecía, no, no crecía físicamente, crecía por dentro, sus sentimientos se hacían mayores, su cabeza, su mente, crecía como nunca. Rober no sabía por qué yo le gustaba tanto, pero él sabía que yo le ayudaría. Yo no sabía qué hacer, lo tenía loco por mí, era para él un vicio inconfesable, era para él una droga, él no paraba de leerme, ni de vivir mis aventuras, ni de sufrir mis fracasos. Le encantaba pasar las tardes conmigo, hasta que salía la primera estrella en el cielo. Le pidió a su abuelo, al viejo y amargado hombre, que si se podía quedar el libro, llevárselo a casa. El abuelo no se lo negó. Pero hizo mal…

    Al cabo de 4 meses Rober todavía leía, yo seguía sufriendo, porque aunque ya no tuviera polvo ni suciedad, Rober se hacía mayor por dentro, ya que por fuera seguía siendo un niño. Rober no crecía físicamente. Los padres de Rober decidieron ir al médico. Rober, al ser ya tan maduro, no dejó que sus padres le llevaran al médico, los cuales seguían preocupados igual que yo. Pero, en realidad, no sabía muy bien el motivo por el que sufría, si ése era mi don. Mi don era hacer crecer a las personas a partir de mi lectura; entonces, ¿por qué me preocupaba? No podía recordar qué pasaba con la gente que me leía, no llegaba a recordarlo. No me venía a la cabeza, pero tenía que recordarlo. No podía quedarme de brazos cruzados, por qué ¿y si era algo malo? Rober me seguía leyendo, me extrañaba que no acabara de leerme nunca, hasta que un día le pregunté:
    – Oye, Rober, ¿por qué tardas tanto en acabar de leerme?
    – Me gustas “Novelia”. Me gustas tanto que no puedo dejar de releerte cada dos por tres. ¿Por qué será?
    – Rober, creo que no deberías releerme ni siquiera una vez…
    – ¿Por qué “Novelia”, dime por qué?
    No podía contestarle a esa pregunta, no sabía qué decirle, ni yo sabía por qué no debía releerme. Rober, triste, me cerró, pero esta vez no me dejó encima de su mesita de noche, sino que me agarró bien fuerte y me llevó al comedor, me puso encima de la mesa grande y le dijo a su mamá si tenían papel de embalar. Me envolvió en un enorme papel y me dijo, susurrándome al oído:
    – Espero que tengas suerte “Novelia”; me he dado cuenta que no puedo seguir contigo.
    – No me dejes Rober, no te vayas, no me dejes con otra persona; no les gustan los libros ni las novelas; les gustan las máquinas; me van a lanzar a la basura!
    – Tranquila “Novelia”, te dejo en buenas manos.
    Quizá me dejaría en buenas manos, pero echaría de menos sus ojitos, esos ojitos que ponía al leerme, echaría de menos su pasión por mí, lo echaría de menos…

    Al llegar a mi siguiente destino, la persona a la que le había tocado abrió el embalaje, y cuando me vio pegó un salto y dijo:
    – Rober, yo no te pedí una novela para mi cumpleaños!
    – Eyo, éste libro es mágico, te va a gustar. Mírame, tengo tan sólo 8 años y tú tienes 36. ¿No ves la diferencia de mi mente a la edad? Te va a gustar.
    – De acuerdo Rober, me has convencido…
    Las palabras de Rober me emocionaron, pero ya no le pude volver a ver, ésas fueron las últimas palabras que oí de Rober.

    Nueve meses después, Eyo se sentía todo un abuelo, pero él seguia teniendo 36 años. Eyo no lo entendió tan bien como Rober. Eyo siguió leyéndome, pero hizo mal…
    Eyo por dentro sentía que no aguntaría ni una semana, sentía que su corazón le impedía el paso a la vida, pero su cuerpo era de 36 años. Eyo decidió ir a hablar con Rober, sin soltarme en ningún momento. Rober le explicó lo que yo hacía en mi subconsciente con las personas que me leían. Eyo se asustó de tal manera que decidió regalarme a otra persona. Esa otra persona era el hijo de un viejo amigo de Eyo, se llamaba Néstor. Lo escogió a él, porque Eyo se acordaba de que el niño le dijo que deseaba leer un libro que no terminase nunca…

    Néstor era un niño de 12 años, un niño muy dulce y cariñoso. Me trataba muy bien, me dejaba dormir por las noches porque no le dejaban leer por las noches, me acariciaba cada vez que iba a leerme, me adoraba… Néstor, era un niño parecido a Rober, pero con 12 años. Al cabo de 7 meses Néstor se dio cuenta de que él, en el espejo, era el mismo Néstor de siempre, pero por dentro era todo un hombre, con sabiduría suficiente para ir a sacarse una carrera, con capacidad suficiente para buscarse un trabajo. Néstor, no lo entendía, se pensaba que su vida era un sueño a partir de que me abrió. Pero él no quiso quedarse de brazos cruzados cuando descubrió que por culpa mía cambiaba. Él quería descubrir qué le estaba ocurriendo, qué es lo que le pasaba al leerme. Así que fue a preguntárselo a Eyo. Eyo le explicó la historia que recordaba que le había explicado Rober, pero no se acordaba bien. Entonces Néstor fue a preguntárselo a Rober.
    Rober le explicó la historia. Entonces descubrió que era falsa, ya que Rober no la había sacado de ninguna parte; simplemente hizo una hipótesis de lo que podría ser lo que les pasaba, pero Rober no sabía realmente los problemas que yo causaba.

    Néstor no dejó de investigar en ningún momento: buscó por toda mi cubierta, buscó en bibliotecas una copia de mí, pero se dio cuenta de que yo era el único ejemplar, que no servía para nada. Buscó por las maquinitas, nada; buscó por todas partes información sobre mí, nada. Tan sólo encontró al final de mi cubierta que nací el año 1899, que me escribió JUNO LIESBER, de la que no se ha sabido nunca nada. Jamás se ha sabido nada de Juno Liesber. Esta chica resultó un fantasma para todos. Era una Elfa escondida en los bosques de Momburnt y enviaba sus escrituras como a mí misma, con una pequeña cesta atada a su mascota: El águila de la suerte.

    Néstor pensó que era todo una mentira, una broma, porque no se sabía quién era mi autor y que se lo inventaron. Por eso decidió ir a buscar a la Elfa y preguntarle qué pasaba con la gente que me leía. Se hizo una pequeña maleta y me metió dentro, junto con su ropa.

    Su camino a Momburnt fue duro y largo, pero llegó con ayuda de su pequeña brújula. Encontró el bosque donde se escondía Juno. Después de un largo viaje entre árboles, encontró a Juno; era preciosa. Desde mi punto de vista, ella era una belleza, una de esas hadas que sólo aparecen en cuentos, como lo son mis hermanos. Al llegar, Juno se extrañó al ver a un joven y su libro por esos sitios. Néstor fue directamente a hablar con ella. Le apreté la mano, estaba nerviosa, era mi madre, ella fue la que me creó, la que me dio esa magia que doy a cada persona que me lee.

    Al cabo de un rato, después de habernos presentado y haber explicado qué hacíamos allí, Juno le dio un café y le hizo sentarse en un tipo de sillón extraño hecho de matorrales, y empezó a explicar:

    “Hará ya cinco años, se empezaron a utilizar las electrónicas, las máquinas, todo tipo de cosas que tenían que ver con lo moderno, lo eléctrico. Se acabaron las cosas antiguas, la gente desperdiciaba los libros, los odiaba, los quemaba o los dejaba dentro de cajones para que se fueran llenando de polvo… Al ver esta catástrofe, decidí ponerme a escribir y así poder publicar novelas, pero sólo llegué a publicar dos. La que tienes tú entre tus manos, “Novelia”, fue la primera que escribí. La escribí con la intención de que a cada persona que la leyera, le gustara tanto, que no quisiera dejarlo de leer, que le fuera interminable, que pasara años leyendo la misma novela, y que gracias a esa novela pudiera crecer por dentro, tanto en el amor, como en la suerte, como en la sabiduría, como en todo. Pero al escribirla no me dí cuenta; pasé por alto que mis poderes de hada son incontrolables, por eso la intención con la que hice ese libro se ha hecho realidad, y ahora cualquier persona que lo lea crecerá por dentro, en mente, pero no dejará de tener la edad que tiene. Por eso, tú, Néstor, te ves diferente en el espejo de lo que piensas que eres, ya que tu mente calculo yo ahora que deberá tener unos 32 años y de apariencia eres tan sólo un niño de doce. Por eso, Rober se lo pasó a Eyo, porque se dio cuenta de que si seguía leyendo moriría por dentro, siendo por fuera tan sólo un niño de 8 años. Por eso, Eyo te pasó la novela a ti, porque se dio cuenta de que si seguía leyendo moriría teniendo una mente de 79 años con apariencia 36. De tal manera, que este es el motivo por el que yo estoy aquí escondida. Por eso te pido, Néstor, que hagas desaparecer a “Novelia” como sea, que la hagas desaparecer del alcance de cualquier persona. Porque no quiero que siga dañando su interior…”

    Néstor, después de haber escuchado la historia, se quedó helado; no sabía qué decir, me agarró fuerte y le dijo a Juno que no me quería hacer desaparecer, que me había cogido mucho cariño y que era una novela demasiado bonita como para hacerme desaparecer de este modo.

    Se despidieron humildemente y Néstor empezó su camino de vuelta. No podía parar de pensar en las palabras de Juno, no podía dejar de pensar en el dolor que le causaría deshacerse de mí. De repente, andando por un campo verde, con un gran lago al lado, Néstor se paró, estuvo parado un buen rato, pero no dejaba de aguantarme bien fuerte. Pero de golpe, después de unos minutos, sentí un gran golpe en mi espalda, como si Néstor me estuviera tirando.

    Al abrir los ojos vi a Néstor a muchos metros de mí, diciéndome adiós con esa preciosa mano que no me dejaba de acariciar, no podía consentir el dolor que esto me provocaba, así que me dejé caer, y caí, caí dentro de ese cajón oscuro, lleno de polvo y suciedad, donde yo volvía a ser la misma “Novelia” de antes, vieja, sucia y llena de polvo, y en vez de estar en un mueble ruinoso y viejo, esta vez mi vida acabaría, ya que me dejé caer dentro de un lago sin fondo, como es mi lectura, una lectura sin FIN.

    (

  3. Se abrió la puerta, traspasó la luz, bailaron los versos, bajó el telón. Empezó la obra. Bajó el telón, pero empezó la obra. Se abrió la puerta, apareció el público. Los versos bailaron con la luz y el telón quiso ser puerta. Los figurantes denominados público, salieron por la diminuta puerta y abrieron el celoso telón. Ya estaban en el escenario, no hubo aplausos, porque la obra había terminado.

    Se abrió la luz, traspasó la puerta, bailó el telón, bajaron los versos. Terminó la obra. Mil aplausos, pero la obra aún no había terminado. Mil aplausos consiguieron el final que querían. Rápido, corred, salid del teatro, ya tenéis lo que queréis, ahora, seguid aplaudiendo e ignorando los finales, es más fácil aparentar y aplaudir, para no ver, y vivir en el kitsch permanente.

    Creamos libros constantemente, libros, ensayos, obras. El escritor, no se mide por los libros escritos, hay grandes escritores que pueden no haber materializado sus esbozos, y viven encerrados igual que sus autores. Los telones y los escenarios se abren y se cierran a diario, el público tiene el gran papel, ese que todo actor desearía representar. Ve y actúa, ve y actúa y aplaude. Sentencia y censura nuestros actos, corta vuelos y reprime pensamientos. Remoja las manos en agua, como Pilatos, para limpiar horrores y culpas, y seguir aplaudiendo para no ver finales.
    Existe un libro, ese que nadie ha visto pero que todos conocemos, leemos y escribimos. Le damos vida, voz y alas, volamos con él, a ras de suelo, no sea que se nos asuste el público, aplauda y dé por terminada la obra. Lo alimentamos con palabras, su mejor combustible. Esta sí que es una historia interminable, la verdadera historia interminable, y no tiene dragones, ni amigos burros. Tiene, pues otros atributos, seres mágicos que combaten con el monstruo de las mil manos remojadas en agua.
    Las páginas infinitas pasan y nos dejan olor a pasado. El público sigue aplaudiendo para olvidar pasados menos agradables, y sonriendo para mejorar el futuro pasado. El problema es que el público pasado ya sonrió demasiado, olvidó en exceso. Arrancó páginas, destrozó palabras, mezcló sílabas para despistar, quería poder seguir aplaudiendo eternamente. Toda esta bola avanza sin pedir permiso, las palabras no cesan, el libro sigue alimentándose, siempre hambriento de tinta de nuestras plumas sin vuelo.
    El público olvida que forma parte del libro, se siente elemento externo, y no vive, sólo pasa, como el lector ausente, pasador pasivo de páginas, experto en dar la imagen del lector aficionado.

    Las nubes nos hacen de escaleras, el sol nos da agua para remojar nuestras manos. El mar seca nuestros pies, y seguimos ascendiendo. El cielo despunta estrellas diurnas, valientes que ya no se esconden en la negra casilla para jugar con ventaja, y brillar más que sus observadores. El aire es seco, más enemigo que aliado, mueve las nubes, el mar y el sol y el sur y el norte se repelen, nos dan la vuela y andamos del revés. La arena flota por encima del mar y el desierto toma forma. Dunas y dunas de palabras rebotan contra nuestras cabezas y nos roban más letras, camellos transportan toneladas de agua, tenemos sed, morimos de sed, pero ellos sólo nos mojan las manos. El agua descansa en la arena, y vuelve a ser mar, un mar de impertinentes aplausos que borran nuestros pasos. Nuevas escaleras dibujadas en el horizonte, llegamos, desaparecen, llegamos otra vez, vuelven a desaparecer. Alas, tenemos alas, las desplegamos, son preciosas y volamos. Sólo hace falta elevarse un centímetro del suelo para que nos las corten.
    Llueve, diluvian sonrisas y truenan carcajadas. Los árboles no paran de crecer, ríen y crecen, nos elevan hacia la entrada de una caverna, y papá oso abre nuestros cerebros y vacía todas las ideas, para pintarlos de blanco, y cocerlos al horno. Mamá osa, maestra de las sonrisas prefabricadas, nos moldea las bocas y las llena de miel, para que sean asquerosamente perfectas e idénticas. La noche nos cubre, y el sol brilla más que nunca.
    Un pintor pinta puertas, mil puertas diferentes, puertas que corren, puertas vivas que corren. Atrapamos una diminuta, somos demasiado cobardes para inundarnos en el negro oscuro que nos muestra. Pero los aplausos nos empujan, ya que borran nuestros pasos, conocidos con un grado de cobardía demasiado acentuado, y pies despistados o demasiado lentos. Escenario oscuro, telón bajado, silencio impertinente. Esperamos aplausos, no hay aplausos, no abriremos el telón si no hay aplausos. Entonces, juntamos las manos, pero no aplauden, queremos aplaudir, sonreír y aplaudir. Imposible, manos demasiado secas, no nos han mojado las manos. Abrimos el telón, nosotros mismos al otro lado del escenario, sonriendo y con las manos sumergidas en inmensos cubos de agua.

    Demasiados aplausos. Molestos, que no nos dejan acabar la obra. Salen todos disparados, corriendo atraviesan la puerta, sonriendo hablan de lo maravillosa que les ha parecido. Ignoran nuestros gritos, cierran el telón y nos olvidan en el oscuro del escenario. Quietos, sin poder movernos, poco a poco desaparecen nuestras letras, nuestros pensamientos, nos roban las plumas y encierran nuestras palabras. El proceso es lento, probad de arrancar una página de un libro interminable, más o menos, es lo mismo, sólo que ese trozo de papel son nuestros brazos, piernas, pies, ojos, cabeza.
    Desaparecemos, mañana seremos cruces inadvertidas en el periódico, nuestros nombres serán escritos por última vez, y el libro seguirá redactando nombres muertos por aplausos.

    Raptamos al público, tenía que ver que no era simplemente un elemento externo, que, cegado y ensordecido por demasiados aplausos, había olvidado la existencia del libro. Tuvimos que enviarlo a las profundidades de la tinta, en las que sólo puedes entrar soñando, para que por fin creyeran que ellos eran los escritores de su trama, someterlos a sus propios homicidios, hacerles sentir victimas de sus horrores y dejar de remojarle las manos.
    Teníamos que acabar con el aplauso colectivo, queríamos mostrarles los inmensos cubos de agua, que ya se habían hecho invisibles.

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