CUENTOS CON BORGES “SIGUIENDO LA ESTRUCTURA DE FUNES EL MEMORIOSO”

Una de las primeras propuestas creativas de inicio de curso (¿recordáis?) fue escribir un cuento siguiendo la estructura del cuento de Borges comentado en clase. A través de un accidente, Borges planteaba el tópico del mundo al revés y el protagonista en lugar de perder la memoria, no podía olvidar lo que iba leyendo, sintiendo, viviendo… Bécquer decía en una rimas: “llevadme donde el vértigo con la razón/ me arranque la memoria/ que tengo miedo de quedarme/con mi dolor a solas”. La tan ansiada memoria es vista en Borges como un obstáculo hacia la felicidad. Pessoa lo había dicho irónicamente: “nos entendemos, porque nos ignoramos”. Shakespeare más romántico da a Romeo y Julieta el poder de vivir y morir para no olvidar… Dejad, pues, aquí vuestros cuentos en el apartado de comentarios, que CUENTA CONMIGO os espera para que no olvidemos que un día hicimos posible el milagro de crear y creer (en) maravillas.

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4 Respuestas a “CUENTOS CON BORGES “SIGUIENDO LA ESTRUCTURA DE FUNES EL MEMORIOSO”

  1. Endra Eudum Estim

    ¿Quién era en realidad?

    Miento si digo que le conocía. Ahora entiendo el significado de sus palabras. Aquellas palabras que dejé ir cuando se marchó del pueblo. Me gustaría haberle dado importancia en ese momento, pero no lo hice. Ahora se toda la verdad. Aunque él no fuera quien me la dijera. No creo que nunca tuviera el valor de decírmelo. Mentiría si dijera que yo no hubiera hecho lo mismo. Pero me dolió mucho que nunca después de tantos años me lo contara.
    Miento si digo que no le echo de menos, aunque desearía que fuera verdad. Después de tantos años ahora me entero de que viví una mentira. Pero si no me importara no estaría ahora mismo escribiendo esto. No puedo guardarle ni un poco de rencor. Cuando pienso en el recuerdo los momentos vividos y aunque fuera un engaño me siento feliz. Miento si digo que no lo llegué a querer más que nada en el mundo y miento si digo que he podido odiarle alguna vez.
    Todo empezó una mañana de septiembre cuando le vi por primera vez. Era alto, delgado y muy atractivo. Nos encontramos por casualidad y él me sonrió. Yo le devolví la sonrisa y me sonrojé, me senté en un banco, y al cabo de dos minutos se sentó a mi lado y me saludó. Miento si digo que me hubiera acercado a él por mi cuenta, ya que nunca lo hubiera hecho, soy demasiado tímida. Tras dos largos minutos rompí el hielo y empecé a hablar sobre el tiempo. Como decía mi madre: “ Si no sabes de qué hablar habla del tiempo’’. Él me contestó y después empezamos a hablar y hablar hasta que me tuve que ir. Cuando llegué a casa me di cuenta de que habíamos hablado mucho pero no nos habíamos dicho el nombre.
    Al cabo de una semana alguien me saludó por la calle. Cuando vi que era él un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Entonces rápidamente antes que yo pudiera articular palabra me pidió mi número y después de dárselo se marchó rápidamente. Miento si dijera que esperaba encontrarle, después de una semana ya lo daba por perdido. Esa misma tarde me llamó y me invitó a comer. Al final le pregunté por su nombre, él me dijo que se llamaba Jack y yo por supuesto le dije mi nombre. Ese día siempre lo recordaré como uno de los mejores de mi vida, aunque él mintiera sobre quién era.
    Fuimos quedando y nos hicimos muy amigos. Miento si digo que me arrepiento de ello. Ahora ya estábamos en abril cuando me dijo que no me podía acompañar a mi baile de graduación porque tenía una cena familiar. Mentía. En realidad era algo más importante que eso. Pero no me he dado cuenta hasta ahora.
    Al final fui con Justin, mi mejor amigo de toda la vida. La gente decía que él estaba enamorado de mi, pero yo no me los creí hasta que pude comprobarlo por mí misma. Fue un error ir con él a ese baile. Durante el último baile, se arrodilló y me pidió para salir. En ese momento creía que me iba a morir. Todos estaban mirando y yo sabía lo que tenía que decir, pero con tanta gente mirando… Al final no le mentí le dije que yo lo consideraba mi mejor amigo pero que eso era todo. Que no le quería como a un novio sino como a un amigo y me fui. Miento si digo que esas eran las únicas razones, porque en realidad yo ya estaba enamorada. Pero de Jack.
    Por el camino de vuelta vi a Jack dirigirse a un sitio que no parecía ser su casa y decidí seguirlo. Entró en una casa donde se reunió con unos chicos de la misma edad y entraron en una sala. Yo me junté a ellos disimuladamente ya que eran como mínimo cien y entré en la sala. Sólo pude estar dos minutos hasta que me descubrió, así que no me enteré de mucho. Él me dijo que era un club secreto del que formaba parte. Esa vez no mentía. Pero yo pensé en que era unos de esos clubes típicos que hacen los adolescentes, pero en realidad era más complicado.
    Al cabo de dos semanas me olvidé de todo y continuamos quedando. Y más tarde me pidió que fuera su novia. Yo sin pensármelo dos veces acepté. Ahora sé que él no lo podía hacer porque iba contra las normas. Él siguió faltando a los eventos importantes. En realidad faltaba cada sábado. Miento si digo que no me importaba, ya que el sábado era el único día que me dejaban salir hasta medianoche. Cada día me iba metiendo más en su mentira. Me explicaba cómo era su supuesta familia…
    En realidad creo que a él le gustaría haber tenido todo lo que me decía. Porque en realidad no había podido elegir nada en su vida. Siempre me decía que aunque iba contra lo que le decían, salir conmigo es lo único que a él le gustaba de verdad. Yo era muy feliz en esa época. Mi vida era perfecta: el novio perfecto, buenas notas…
    Pero todo se desmoronó en el otoño siguiente. Él se fue. Me dijo que no quería pero que era lo que tenía que hacer. Si no lo hacía no me podría volver a ver. Pasé un mes bastante malo. Por suerte sólo fue uno ya que tengo unos amigos ideales. Mentiría si dijera que son los peores.
    Desde ese día no le he vuelto a ver. Aún tengo la esperanza de que vuelva, pero sé que no lo hará. No lo dejarán. Miento si digo que me gustaría no haberle conocido. El otro día descubrí por qué se fue. Resulta que esa organización no era normal y corriente. Era una organización donde estaba la gente más inteligente del mundo. Una gente que había nacido muy inteligente, aun más que los superdotados. Eran tan listos que no podían mostrar al mundo lo que eran porque sino los utilizarían o ellos se aprovecharían. Tenían que estar escondidos y no se podían relacionar con nadie, ya que si lo hacían se podría saber su secreto. Miento si digo que no sabía que él era muy listo. Me lo demostró en cada cita, cada día que pasábamos juntos me enseñaba un montón de cosas y por eso se fue. Sus superiores descubrieron que se veía conmigo y decidieron enviarle a otro sitio. El obedeció y aunque me doliera se fue.
    He sabido la existencia de este club gracias a una carta donde se me explicaba que era y cómo funcionaba, enviada por sus superiores. Donde me pedían también que no lo revelara o habría unas ciertas consecuencias. Miento si digo que no lo he querido decírselo a nadie ya que contándolo me habría quedado muy aliviada. En ese club los tenían desde bebés y los iban ejercitando. No tenían nombre sino que iban por número, así que supongo que él me dijo Jack porque le habría gustado llamarse así.
    Miento si digo que no quiero que vuelva.

  2. Alax Alai Albala

    EL HOMBRE QUE SENTÍA LA MUERTE

    ¿Qué es la muerte? ¿Es el principio o el fin? ¿Nos quedamos en nuestro sitio de reposo eterno o volvemos a nacer? ¿O la vida es sólo una más de las miles e infinitas que habrán para cada uno?
    Nadie nunca ha podido responder eso, y es dudoso que digamos, o poco probable, por no usar la palabra imposible (aunque se diga que no hay nada imposible) que alguien lo pueda responder. Siempre se ha dicho que <>. Yo creo, aunque mi palabra no valga nada, que es verdad, y que la muerte en sí misma es una parte del destino, pero una parte del destino invariable, incambiable. Cada uno es dueño de su destino, sí, pero el destino decide cuándo, cómo y por qué acabarse. Y la encargada de acabarlo es la muerte.
    La historia que os voy a contar es un suceso ocurrido en un pueblo de mar, no muy grande (no podía denominarse ciudad) pero que había dejado de ser ese pequeño pueblecillo costero.
    Nuestro protagonista, Bruno, vivía en ese pueblo, con su novia, Anna, a punto de casarse. Conocían a casi todo el mundo y casi todo el mundo les conocía a ellos. Caían bien a la gente, eran simpáticos, y por encima de todo, estaban MUY enamorados. Cuando le conocí, hace ya muchos años, aún no estaba ni saliendo con Anna. Nos hicimos amigos rápidamente. Era un buen tipo, trabajador, apuesto y para las mujeres muy guapo. Después conoció a Anna, su media naranja perfecta. Parecía que de esa nueva naranja tuviese que salir jugo para los dioses: eran la pareja perfecta. Bruno pasó a estar más tiempo con Anna que con sus amigos (y dentro de esta categoría me incluyo) pero fue un hecho intranscendente que no me molestó.
    Al cabo de un tiempo, razones de mi trabajo me indujeron a ir a vivir en ese pueblo. Me instalé en ese nuevo y acogedor hogar y con Bruno las cosas fueron de maravilla.
    Un día, Bruno me dijo que estaba decidido. Estaban pasando el momento más hermoso con Anna y le quería pedir, al fin, que se casara con él. Me pareció una gran idea. Yo me tenía que ir de viaje por razones de trabajo, y estuve fuera una semana. Yo no lo supe hasta que volví, pero fue la peor semana de la vida de mi amigo.
    Bruno, con el anillo en el bolsillo, llegaba a su casa. Aún faltaban unas decenas de metros y tan sólo cruzar una calle, cuando vio salir de su puerta a su queridísima Anna. Gritó y movió el brazo de un lado a otro a modo de saludo. Ella le vio y respondió con el mismo gesto. El amor se podía palpar entre los dos, una corriente enorme de sentimientos que fluían de un cuerpo a otro. Pero al cruzar Anna por la calle, un coche la atropelló. La chica falleció allí mismo. Bruno lo vio, y no pudo reaccionar. Cayó en un abismo de oscuras tinieblas y horribles pesadillas. Bruno pensó que moriría, como su amada, y se alegró, porqué podría reunirse con ella. Pero se despertó en el hospital y ya nada volvió a ser igual. Cambio su personalidad. Su modo de actuar, de caminar, pensar, hacer, era… distinto. Perdí el contacto con él. Intenté ayudarle pero fue en vano. Se marchó, y empezó una vida sin placeres, sólo con las mínimas cosas, en algún país de Suramérica. Para mí fue una gran pérdida, pero me tuve que rehacer. Lo hice y seguí adelante.
    Pero, no se si fue casualidad o por el antes mencionado destino, unos cinco años después, en un viaje a Perú, mientras paseaba por las calles de Lima, me encontré con una persona que me era familiar. Era muy parecido a la gente de allí, moreno como ellos, pero tenía algo que le hacía diferente. Se me acercó y entonces le reconocí. ¡Era él!!! ¡Era Bruno!!!
    Él no se sorprendió de verme allí, o si lo estaba lo disimuló muy bien. Hablamos y me llevó a un pueblecito alejado de la capital, donde residía él, en una modesta casa que él mismo había levantado.
    Aplacé mi vuelta y me quedé un tiempo con él. Y en ese tiempo fue cuando me contó el por qué de estas líneas que ahora estoy redactando y que tú, querido lector, estás leyendo.
    Después de la muerte de Anna, y después de creer su propia muerte él también, se despertó viendo en alguna gente alguna cosa distinta. No le pasaba a menudo, pero había cierta gente que cuando la veía, un horrible escalofrío le sacudía el cuerpo y la mente. Después de unos días descubrió qué era eso que le sacudía y que le molestaba tanto: había ciertas personas, que, cuando el las veía y un escalofrío de esos le sacudía el cuerpo, significaba que esa persona moriría pronto. Bruno se asustó, como todos hubieran hecho, y se refugió en un sitio con poca gente para no tener que soportarlo. Pero aún en una montaña perdida del Perú, seguía viendo gente, con menos frecuencia eso sí, que iba a morir.
    Con el paso de los años aprendió a controlarse y a no asustarse, y poco a poco consiguió ir saliendo y viendo a otra gente, hasta que me encontró a mí.
    Yo simplemente le creí. No hay más. Su historia, para mí, era tan verosímil como cualquier otra.
    Al final me fui i volví a mi casa en ese pueblo donde todo empezó. Dos años después, recibí una carta de despedida de Bruno. Me contaba que se había despertado una mañana y que al mirarse al espejo el ya conocido escalofrío le sacudió. Pero leyendo esto pude saber que no estaba asustado ni mucho menos. Estaba decidido a esperar su muerte, sin temor, sin vacilación, sin dudas. Porque le tocaba morir y reunirse con Anna.

    Àlax Alai Albalà

  3. CUENTO: El contacto

    El tacto es el sentido disperso. Tocar es saber y conocer por experiencia. Nos toca en un momento dado, sufrir o reír. La suerte toca, no saber lo que ocurrirá, tocado por la intriga. El destino, tocado por el destino. Tocamos los hechos de un mal comportamiento. El tacto, en lo interior, en lo abstracto es capaz de tocarnos el corazón, de tocarnos el sentimiento. Y tener tacto se llama cortesía. Reconocemos un tacto.
    El agua, el mar, el salado líquido que inunde lo nunca visto. Una mujer, prisionera de guerra, dirigiéndose hacia las frías y profundas aguas del gran océano y perseguida por los seguidores del mal, los hombres del miedo, los soldados.
    Se adentró en el horizonte de agua por el bien del bebé que llevaba dentro de sí y conseguir despistar y huir de los soldados.
    Tocando y sintiendo el agua, no pudo volver a salir, la corriente se la llevaba a un destino duro y cruel, rodeada de agua en medio del mar.
    El destino lo decidió de aquella manera, ya que, estando de siete meses, rompió aguas. Sin confianza en si misma, sin fuerza alguna pero con amor a su hijo, dio a luz en medio de las profundas aguas luchando por nadar y por amor.
    Dos días, dos días fue el tiempo necesario para acabar con las energías de la nueva madre, que sostenía su niño ante sus brazos y evitando que tragase agua.
    Pero el destino lo decidió de aquella manera, porque en ese momento, un barco de la marina los encontró, pero en ese momento solo salvaron al niño, porque la madre usó sus últimas fuerzas para hacer señales de auxilio. No sobrevivió.
    Dos días, dos días fue el tiempo necesario para el agua actuara. La piel del niño de siete meses se encontraba en un estado fatal (jamás lograron saber cómo logró sobrevivir, pero de lo ocurrido, hubiese sido mejor que nada de esto llegara a pasar) su piel filtró toda el agua y la sal llegó a posarse en las células de su tejido. El niño nació sin tacto.
    El tacto es el sentido primario, el primer sentido, por eso es el sentido del niño. La alegría de los goces táctiles, el sentido del tocar, la tiene el niño pequeño. Se nace con el requerimiento de tocar. “No toques, ¿No te enseñaron a no tocar?” Como si a un niño se le pudiera enseñar a no ser niño. A no tocar es imposible enseñar, porque es encerrar la libertad. Pero él, no podía, no podía tocar.
    La vida siguió dando vueltas, ahora Colin residía en un orfanato. Llevaba doce años allí, doce años sin amigos ni gente con quien jugar, nadie para explicar sus problemas.
    La gente huía de su lado, muchos niños le daban miedo su cara arrugada de un tono verdoso, algunos creían que era un monstruo, otros se metían con él, hasta que fue llamado “Colin el de la cara irritada”.
    Colin se pasaba los días en su habitación. Algunas veces se asomaba a la ventana y muchos pensamientos venían a él.
    Sus manos no eran manos, la yema de los dedos, los labios, la lengua. Nada sentía, su propia calor se convertía en vacío. Los demás tocan las telas y las conocen mejor palpándolas. Dan la mano, besan, acarician, abrazan, y una mano en el hombro, ¡cuánta seguridad nos puede dar! El tacto no requiere cultura. Sin pensar se toca y se acierta.
    Colin ignora las palabras blando, duro, suave, terso, áspero, bruñido, el tacto desconoce las diferencias táctiles, pero al posar su mano solo siente la nada. Lo que quema y lo que hiela. Colin está “tocado” por una enfermedad que empieza a padecerla. El dolor es como un dedo que nos comprime y con las manos buscamos alivio de él. Llevarnos las manos a la frente cuando nos duele la cabeza. Nos tocamos el pie o la rodilla. Los curanderos antiguos calentaban las manos para aliviar las enfermedades. Colin sangraba, y no sentía dolor, Colin paseaba por la nieve, y no sentía frío, Colin se posaba en el fuego, y no sentía calor, Colin subía las montañas, y no sentía la acaricia del viento en su rostro.
    Pero el destino lo decidió de aquella manera, a los años siguientes, Colin decidió marcharse de aquel lugar, quería sentirse como una persona normal, quería sentir la multitud y cómo reaccionan las personas, ya que la mayoría de sus viajes han sido a la montaña donde nadie podía molestarle. Viajar a la ciudad fue una de sus mayores ilusiones desde pequeñito, así que aprovechó ese momento para hacerla realidad.
    Al llegar, pudo ver a mucha gente paseando, tiendas de comida, niños jugando… Era toda tal y como se aparecían en sus sueños.
    Una pelota de un tamaño pequeño rodó hacia su pie, y un niño fue corriendo tras ella pero en el momento que vio a Colin ofreciéndole la pelota, pudo ver esa cara arrugada y de color verdoso y, al momento, el muchacho retrocedió hacía atrás seguido de un gran grito que llamó la atención de toda la multitud. Él, avergonzado, corrió y corrió calle abajo con las manos en la cara, para evitar más insultos. Tropezaba y caía constantemente, pero sin sentir dolor, siguió avanzando hasta que se adentró en un callejón oscuro.
    Para evitar asustar a la gente, se fabricó una máscara de hierro, que le cubría toda la cara. Cuando caminaba entre la gente, ellos se fijaban en él, pero no le mirarían mal como la última vez.
    Mientras andaba al ritmo de los demás, un perro se cruzó en su camino. El perro se revolcaba en la poca hierba que se encontraba. Él quería captar con los dedos su figura. El obeso cuerpo del animal se revolvía, se ponía tieso y se solidificaba al incorporarse. El perro se apretó contra él, como si quisiera acurrucarse en su mano. Colin le acarició la cola, la pata, las orejas. Y por un momento, hubiera deseado poder sentir su pelaje y afirmó que el paraíso se alcanza con el tacto.
    El perrito lo miró y se lanzó sobre él, era el único ser que no se asustaba de su rostro. Pero, al instante, bajo corriendo y comenzó a ladrar al cielo, el animal empezó a correr, y Colin extrañado lo siguió.
    Pero el destino lo decidió de aquella manera, tras un corto recorrido llegaron a la costa, una infinidad de bombarderos cruzaban el cielo, y de una gran cantidad de cruceros salieron infinidad de soldados que se dirigían a la ciudad.
    Colin cogió al perro y huyó al centro, pero el caos ya había llegado, las personas huían a sus casas y a las montañas, pero los soldados asaltaban a cualquiera. Disparos y explosiones se sentían desde cualquier lugar, Colin corrió, junto con el perrito en brazos, para buscar un sitió de refugio. Pero realizó una brusca caída mientras corría, Colin intentó levantarse, pero no podía mover de la rodilla para abajo, le habían disparado. El animal se quedó a su lado ladrándole para que se levantara. Cuando logró ponerse en pie, una segunda bala le travesó el hombro derecho, y de nuevo cayó al suelo. El perro seguía a su lado, pero esta vez, Colin no podía levantarse, no sentía dolor, pero no podía mover la pierna ni el brazo.
    Las bombas caían, y Colin veía la gente caer, gritar sin él poder hacer nada, el animal se acurrucó a su lado y se tumbó junto a él.
    El tacto es cercanía, no se puede tocar a distancia. Es posible escuchar un sonido distante. Vemos una montaña lejana. Antes de llegar al lugar de donde procede un olor, nos invade. El contacto, que lleva encerrado en sí el tacto, es la conexión. El tacto es el roce y la proximidad, la comunicación es estar tan cerca de alguien o de algo, que casi se le puede tocar. Lo más cerca es tocar.
    El chico ya no podía hablar, tenía mucho sueño así que cerró los ojos y comenzó a dormir. Y solamente porque el destino lo decidió de esa manera.

  4. Cómo se debe romper una tele para no magullarse las manos

    Imagino la libertad que deben experimentar los pájaros, imagino lo que deben sentir al volar, ¡volar!, volar sin rumbo fijo, perderte en el mar, en tierra, en el aire, los tres elementos juntos y todos dispuestos a tus pies. Imagino poder imaginar, sólo imaginar, esa sensación, si sólo me pudiera acercar…Imagino las miles de personas que habrán soñado con eso, y yo sólo soy una más. Imagino, imagino a mi yo volando, libre, esta es la clave, esta es la palabra, ¡libre! Imaginar es sin duda, mi libertad.

    Eran las tres de la mañana, hacía un frío descomunal y mis pies empezaban a congelarse. Las mantas se me hacían lejos, allí al fondo del armario. Después de una lucha interna me mentalicé para salir de la cama y acercarme al armario. Las mantas no sólo estaban en el fondo de todo, sino que se encontraban debajo de toda la ropa, así que me puse unos buenos calcetines y un buen jersey y me metí de nuevo en la cama.

    La noche se me hizo larga y todo el sueño acumulado no me permitía despertarme, cuando sonó la agradable melodía de mi preciado despertador.

    No me extrañó que el frío de la calle me golpeara la cara y me hiciera pensar dos veces volver a mi humilde pero cálido hogar y meterme de nuevo en la cama.

    Las obligaciones, en este mundo, siempre están por delante de los deseos, así que hice caso omiso y seguí mi camino.

    Como siempre, en el bar de siempre, me tomé mi desayuno, menos bueno que los otros días, por culpa de la poca dedicación que le pusieron a mi petición, ya que el café lo pedí hirviendo y me lo dieron sólo quemando. Di la orden a mis piernas de levantarse y dirigirse hasta la calle, lo hicieron, pero no con la rapidez habitual.

    Me dirigía a uno de los lugares que me impedían ser libre, el trabajo. El tipo de trabajo en el que estás sometido a unas órdenes y donde no importan tus opiniones, el tipo de trabajo en el que ves que eres pisado e infravalorado constantemente y ya no sabes qué hacer para que tu jefe se fije en ti, aunque ya me había resignado por completo.

    Tenía que escribir un aburrido artículo y me puse a imaginar cómo me gustaría escoger los temas, seguro que tenía mejor criterio que los que habían propuesto para aquella semana:

    – La influencia de la talla de sujetador en las mujeres y los complejos que eso les puede ocasionar

    – La cantidad de caramelos que pude tener una persona en la boca

    – Los peces que caben en una barriga humana

    – Cómo se debe romper una tele para no magullarse las manos

    Imagino que ahora mismo tenéis la misma cara que tuve yo después de leer y releer estos temas para mi superartículo. Eso ya era inaguantable, pero no pensaba ir por séptima vez al despacho de mi estúpido director porque ya me lo había dicho todo, que esos eran los temas y yo no tenía la capacidad suficiente para elaborar temas más interesantes que aquellos y que de los temas se encargaba él, ah, y olvido decir cuáles fueron sus últimas palabras: ’ “Mira chaval, niñato inmaduro, cuando tú puedas lucir el nombre de director genera,l podrás hacer lo que te pase por la cabeza, como descargar tu mal humor y fastidiar todo lo que quieras a tus empleados, mientras tanto, te toca aguantar, y si no te gusta, creo que ya sabes dónde está la puerta.’’

    No os podéis imaginar lo que me costó reprimirme en aquel momento y no decirle todo lo que venía a mi mente, salir por la puerta y no volver jamás, pero necesitaba ese patético empleo, no podía vivir de la calle.

    Me puse a escribir mi artículo, ah perdonad por no haberos comunicado mi difícil elección, al final me decliné por el interesantísimo tema de: “Cómo se debe romper una tele para no magullarse las manos”, al menos era el más cómico.

    Imaginé las caras de la gente al leer sólo el título, y cuantas se preguntarían por la elección de publicar una cosa tan inútil en el periódico. Imaginé que un 98% de ellas no se leerían ni la primera línea que había escrito y que sólo un 2% empezaría a leerlo y se darían cuenta, como máximo, a la segunda línea que no valía la pena cansarse la vista con esa tontería.

    Salí del trabajo y fui directamente a mi casa, la lluvia me pilló desprevenido y tuve que hacer una carrera hasta allí, sabiendo que la recompensa era una buena ducha caliente.

    La nevera estaba casi vacía, otra vez me había olvidado de bajar al supermercado. Sobraba medio bocadillo del día anterior y un poco de ensalada, eso se convirtió en mi cena. Imaginé que tenía el dinero suficiente como para encargar la cena que me apeteciera, una cena de lujo. Imaginé cómo me saludaban los magníficos y frescos bogavantes con sus enormes pinzas, me imaginé a mí sentando en un lugar paradisíaco, con el rumor del mar, y el suave tacto de la arena en los pies, viendo una bonita puesta de sol, pero eso era sólo lo que podía hacer, imaginármelo y quedarme con las ganas.

    Encendí la televisión, pero como suponía no daban nada que valiera la pena y me quedé dormido en el sofá.

    El ruido histérico del timbre me despertó, miré el reloj, las tres y media de la mañana, me levanté, aun medio dormido y abrí la puerta.

    No me lo creía, supuse que era un sueño, más bien un sueño desagradable. Mi jefe entró corriendo y se escondió detrás del sofá.

    No podía entender lo que decía, hablaba demasiado rápido y demasiado bajo. Me acerqué con tantas preguntas en la boca que me hice un lío y

    sólo pude articular un:

    ¿Qué está…? Él me hizo callar, no pasaron ni tres segundos que el timbre volvió a sonar, él me dijo, casi llorando, por favor no abras, por favor. Fui hacia la puerta pero él vino detrás de mí, de rodillas suplicándome que no abriera, no se lo merecía pero le hice caso.

    El timbre paró y oí cómo sonaba en toda la escalera, una melodía de timbres junto con las voces de los vecinos, y todos decían lo mismo: no señor, no lo hemos visto, buenas noches.

    Necesitaba una buena explicación pero no me la quiso dar, lo amenacé con ir a buscar a ese hombre y entregarlo pero él fue más astuto y me amenazó con mi despido si no callaba de una vez, no sé cómo había podido hacerle un favor a una persona que tanto odiaba.

    Pasaron unas dos horas, la mayor parte de ellas se perdieron con silencios incómodos para los dos, hasta que fue él primero en romper el hielo. Me pidió por favor que si podía pasar la noche en mi casa, que no me molestara en darle mi cama que ya haría el sacrificio de quedarse en el sofá, ah, y que sobre todo, no le hiciera ninguna pregunta, al menos no esa noche.

    Creo que no dormimos ninguno de los dos, traté de imaginar los motivos que le habrían llevado a esa situación, quizás estaba metido en algún trapo sucio, sí, seguramente era eso, pero iba a descubrir el porqué, o eso esperaba.

    Cuando me levanté ya no estaba, no había ni rastro de él, ni una simple nota de agradecimiento, igualmente, tampoco me la esperaba, pero no habría estado de más.

    Ese día salí a la calle con ganas de ir al trabajo, con ganas de verle, de hablar con ese ser al que tanto odiaba para abuchearlo a preguntas, sin darle tiempo de reacción.

    No pasé ni por mi mesa, fui directo a su despacho. Estaba sentado en su cómoda silla de piel, esa silla que me había dejado probar en una ocasión para que viera la diferencia entre esa y la mía. Todas las preguntas y posibles diálogos que había preparado se esfumaron de golpe, sólo con verle la cara, desafiante, me hizo saber que el hilo de la conversación lo iba a llevar él. Esperé con cautela hasta que habló, al fin.

    Esas fueron las últimas palabras que le oí pronunciar:

    -Sé que no lo vas a entender, sé que vas a estar unos cuantos días preguntándote el porqué, pero al final lo olvidarás, o al menos no le darás la importancia que le das hoy. Supongo y espero, que la curiosidad no te lleve a hacer cosas estúpidas y ponerte a investigar y meter las narices donde no te llaman.

    Sé dónde vives, tengo tu currículum y me he tomado la molestia de buscar y estudiarme de arriba abajo tu árbol genealógico. Chaval, sé todo lo que hay que saber para hacerte el suficiente daño para que caigas en la depresión más grande de tu vida.

    También sé que eres muy inteligente y sabrás lo que te conviene.

    Estás despedido.

    Imagino que ahora llega el momento en que casi todos los lectores saben lo que me dispongo a hacer, imagino que pensáis que soy el típico personaje que no se da por vencido y sigue investigando hasta llegar al borde de la muerte y la desesperación, pero que logra superar todos los obstáculos y llegar al fondo de la investigación.

    A todos los que han creído eso, lamento decepcionarles y tener que decirles que no lo hice.

    En este caso, imaginar fue mi libertad y a la vez, mi salvación. Imaginar todo lo que podía llegar a perder, a toda le gente que se podría ver involucrada sin tener nada que ver con el asunto, me hizo recular y no seguir adelante con todo esto, de momento.

    Porque siempre estará allí la tentación, y no me comprometo a ser capaz de contenerla para siempre.

    Darlene Dilmour

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